En esta conferencia pronunciada en la Puritan Conference, el Dr. J.I. Packer examina el lugar central de la conciencia en el pensamiento y la práctica puritana. Partiendo de la convicción de los Reformadores de que la conciencia es la percepción que el hombre tiene de sí mismo como alguien que está en la presencia de Dios — sujeto a la Palabra de Dios, mandado y juzgado por la ley de Dios —, el Dr. Packer traza cómo los puritanos entendían la conciencia como una facultad racional de conocimiento propio en comunión con Dios. Apoyándose en los escritos de Sibbes, Fenner, Ames, Goodwin, Bunyan y otros, muestra cómo los puritanos personificaron la conciencia como representante de Dios en el alma: un registro, un testigo, un acusador, un juez y un verdugo. Esta enseñanza, sostiene el Dr. Packer, reflejaba la visión puritana de la Sagrada Escritura como una revelación precisa, suficiente para una vida santa en sus detalles; su comprensión de la piedad personal como la vida de una buena conciencia mantenida mediante la contemplación de la cruz; y su convicción de que la predicación fiel debe aplicar la verdad directamente a la conciencia.<br><br>
Luego, el Dr. Packer aplica estos principios a los acontecimientos de 1662, cuando casi dos mil ministros fueron expulsados de la Iglesia de Inglaterra bajo el Acta de Uniformidad. Centrándose particularmente en el caso de Richard Baxter y sus colegas — hombres que no tenían objeción de principio al episcopado, a la liturgia ni a una iglesia nacional —, el Dr. Packer muestra que los principios que pesaban sobre sus conciencias eran el temor al perjurio al jurar asentimiento sincero al libro de oración, la negativa a declarar ilegítimo el Solemn League and Covenant, la preocupación por las implicaciones de una nueva ordenación, y, sobre todo, la convicción de que los ministros de Dios no deben dar la impresión de desacreditar las verdades que habían sostenido públicamente. La conferencia concluye con el desafío de que tal conciencia escrupulosa — evangélica, no legalista; gozosa, no enfermiza; costosa, pero preciosa — es una necesidad fundamental para la Iglesia en todo tiempo y una palabra que la presente generación necesita oír.